Para lograr esto, hay que seguir yendo y viniendo desde la escritura a la experiencia pura. Probemos: cuando camino por la calle es claro que constituyo el mundo, al tiempo que estoy en la Mismidad pura todo el tiempo, en esa inmanencia absoluta constituyente de toda trascendencia y de sí misma, autogeneradora desde la nada, por más que se pueda entrever confusamente un más allá o más abajo de la conciencia, su nacimiento todas las mañanas del entresueño. Ahora, en estas mismas afirmaciones hay una traición a la vivencia originaria que se intenta poner en palabras. No solamente por el abismo imposible que separa la vivencia pura del orden del lenguaje, también porque en ese excedente que queda perdido se va algo de esencial que tal vez podría ser llevado al lenguaje, o puesto en un punto intermedio, en sus cercanías. Y que sería: mi originario constituir el mundo no sólo es el Unico, el que solo yo puedo conocer porque soy ese constituir. Nunca habrá otro constituir, nunca lo hubo ni habrá, ni otro yo constituyente. Mi historia, mi accidente absoluto, mis primeras percepciones de infancia, etc, son las únicas que habrá en toda la historia humana, en tanto son mías y porque lo son. Nadie sabrá de ellas salvo yo, por más que las mencione y narre en detalle a los demás, y, simultáneamente, no habrá historia del mundo, mundo de todos, sociabilidad, etc, sin esa historia y mundo sólo míos. La sociabilidad tiene así siempre carácter de un ser vicario, porque está construida sobre esa mundanidad originaria solo mía, que nadie "conoce", que nadie salvo yo puede experimentar. Creo que en este punto está la gran "traición" de la fenomenología a sí misma, cuando se hace hermenéutica o da preeminencia a la intersubjetividad. De nuevo: nadie vivencia, salvo yo en mi esfera solipsista de autoconstitución inmanente.
Por esto, la sociabilidad, verdadero Deus ex machina de la filosofía contemporánea, es, poniendo las cosas en términos de panfleto radical solipsista, una fantasmagoría construida sobre esa mundanidad originaria y solo mía que no "conoce" nadie, que no comparto y sobre todo que desde su solus ipse es fuente constituyente de la totalidad del Ser, su continuo sostén. Pese al esfuerzo hecho, noto al releer que me vuelvo a pasar de largo, como cuando uno busca un objeto perdido en el campo. La clave es, y esto habrá que repetirlo y profundizarlo cuanto sea necesario y a mí posible, que nadie vivencia salvo yo. Ni Husserl, cuando disecciona la vivencia pura, vivencia. Asumo a Husserl como otro sujeto que construyo su mundo de vivencias. Pero sólo yo vivencio. El es solamente un texto, un otro hablando de la vivencia. Mis vivencias son las únicas, mi historia es la única historia. Esta privacidad radical, absoluta, es el nudo solipsista de todo este asunto. Nadie puede sustituirme en ese lugar ni en la tarea de construir permanentemente el mundo, así que ese constituir tendrá siempre un carácter a la vez absoluto y precario, en canto solo mío, privado en doble sentido, también en cuanto limitado. Me vivo como precariedad autoconstituida. Pero a la vez soy la instancia del ser único y constitucional de la totalidad de la experiencia y el ser del mundo. Privado-de y universal, accidental y esencial. Todo se vuelve un accidente que cuelga, como un apéndice desmesurado, de mi vivencia originaria, constante y constituyente. Que es a la vez privada, pero en cuanto puramente mía, no "conocida" por nadie y la única del mundo. Al no haber vida ni mundo por fuera de la vivencia, todo lo trascendente se vuelve ipso facto y desde el inicio una potencial nada, o, mejor, un ser a la vez enorme, que se presenta como siendo desde siempre en sí y fuera de mí, de donde provengo como precariedad, pero que jamás puede subsistir sin mí. No sé si esta asimetría originaria ha sido bien explorada y expuesta por los grandes filósofos. Si me desmayo por la calle no solamente desaparece el mundo al modo como desaparece cuando me duermo. Si antes de desmayarme siento que me muero, sentiré que morirá conmigo la totalidad del Ser, incluidas esa presunciones (acá de nuevo el panfleto radical solipsista) de la intersubjetividad, la vida social, etc, sobre las que había construido "mi vida". Nada subsistirá. Este es el punto crucial: la totalidad del Ser tiene un carácter, no presuntivo, pero sí derivado, vicario, ligado a la permanencia de mi Mismidad, que es por origen y esencia, aunque sea privada, precaria, finita. El carácter extremo y absoluto de estas afirmaciones es un palidísimo reflejo _palidez propia del lenguaje, de la vida intersubjetiva_ de la vivencia pura misma en su aparecer, en su permanente construir y constituirse a sí misma. Su carácter privado, no conocido por los demás, sólo presente a mí mismo y su función universal, de constituir el mundo y las instancias trascendentes, su evidente accidentalidad y fatalidad, su finitud y la enormidad del Ser que constituye y sostiene con vida, aquí está el nudo de todo asunto propiamente filosófico.
Un agregado sobre los adultos como donadores de solidez al mundo:
Los otros como sostén del mundo cuando soy chico o joven. Me veo a mí mismo en la adolescencia. Las personas jóvenes pero adultas, de en torno a los 30 años, conformaban un subgrupo de los adultos que configuran el mundo para mí, que le dan sustento y espesor, carácter de mundo desde siempre. Muchos años después, noto que ese mismo lugar es ocupado por mí mismo y los que fueron adolescentes conmigo, pero adopta otro carácter, más débil. No puedo, no podemos, darle al mundo intersubjetivo esa misma solidez que le otorgaban los adultos de entonces. Siento que aquella conformación del mundo estaba dada por adultos "desde siempre", aunque naturalmente supiera que también ellos habían sido adolescentes, que habían nacido, etc. Hoy mis congéneres y aún personas más jovenes deben darle ese mismo carácter de ahí- está- solidamente- el -mundo. Pero entonces descubro la precariedad y carácter supuesto de esa construcción intersubjetiva. Porque atribuía a los entonces adultos un poder poner- el- mundo más firme que el que puedo tener yo como adulto para los otros. Y me doy cuenta que ellos estaban en la misma debilidad.
En otras palabras: descubro que los que sostienen el mundo son como yo, carecen del aura de los adultos de antaño, sencillamente porque en aquel descubrir el mundo conformado y sostenido por los mayores de entonces yo estaba llegando por primera vez al mundo. El adolescente descubre el mundo todo el tiempo, tomando nota de características que no conocía, etc. Los adultos le dan al mundo que descubre un tono muy neto. Ej: los adultos jóvenes hablaban, entonces, de un cierto modo de la vida. Esto suponía un fuerte espesor del mundo en el que la vida tenía ese modo indicado por los adultos de entonces. Ahora descubro que yo no puedo asegurar, garantizar, ese mismo espesor: el mundo de la vida y de los demás esta atravesado de suposiciones, de "se dice" y de sentido común de otros, que yo, simplemente, internalizo.
Todo esto es un dar vueltas en torno al mismo punto sin llegar a dar en el blanco. Pero tal vez sirva a otros, aislados cada uno de ellos en su isla solipsista. El punto de fondo es, creo, este: el carácter dado del mundo como solidez sobreentendida, por ej. el mundo que los otros construyen para sí y para mí. Voy a cenar. Están los demás, el mozo, etc. Ese ser de todos los días del mundo, no podría ser mas social, pero no tiene fondo, quiero decir: lo construyo yo sobre un fondo de nada, nadie está detrás de mí cuando afirmo su carácter general, compartido, social. El "mundo de todos" es así doblemente excepcional: mío, porque nadie más que yo puede construirlo, y porque en tanto hecho una sola vez por mí, es inevitablemente construido sobre la nada, hecho donde nada había antes. Lo social, lo compartido, lo común, lo cotidiano, el bar, los clientes y sus dichos, etc, es tan único, tan hecho sobre la nada como el más íntimo sentimiento o vivencia.